Conoces cada milímetro de su cuerpo.
Ese pelo, alocado, que te invita a sumergirte en sus rizos castaños. Una mirada de ojos marrones que, aunque infinitamente dulces, pueden hacerte estremecer. Aquella sonrisa, más acogedora que tu cama en una noche de tormenta y esos labios cuyos besos anhelas al despertar. Su cuello, que parece tener un hueco reservado para ocultar tu cara cuando todo va mal. Su espalda, capaz de protegerte de cualquier vendaval y sus brazos, que te agarran con tal firmeza que no hay por que temer que te vayan a soltar.
Esas manos, grandes, agarran tu cara y se deslizan por tu cuello hacia la espalda, desde ahí se abren paso, arrancando suspiros, hasta que alcanzan tus caderas; ya no te dejan marchar, aunque tampoco estaba en tus planes hacerlo.
Ya no puedes pensar, tampoco quieres. Te olvidas hasta de respirar.
Únicamente, te dejas llevar.
No hay comentarios:
Publicar un comentario