lunes, 8 de abril de 2013

El prisionero del cielo

Aquel atardecer nadie le impidió que se fuera ni se despidió de él. Partió, uno más entre los invisibles, hacia las calles de una Barcelona que olía a electricidad. Vio a lo lejos las torres de la Sagrada Familia encalladas en un manto de nubes rojas que amenazaban con una tormenta bíblica y siguió caminando. Sus pasos lo llevaron hasta la estación de autobuses de la calle Trafalgar. En los bolsillos del abrigo que Armando le había regalado encontró dinero. Compró el billete con el trayecto mas largo que encontró y pasó la noche en el autobús recorriendo carreteras desiertas bajo la lluvia. Al día siguiente hizo lo mismo y así, tras jornadas en trenes, caminatas y autobuses de media noche llegó hasta donde las calles no tenían nombre y las casas no tenían número y donde nada ni nadie lo recordaba.

Tuvo cien oficios y ningún amigo. Hizo dinero que gastó. Leyó libros que hablaban de un mundo en el que ya no creía. Empezó a escribir cartas que nunca supo como terminar. Vivió contra el recuerdo y el remordimiento. Más de una vez se adentró en un puente o un barranco y observó el abismo con serenidad. En el último memento siempre volvía la memoria de aquella promesa. Al año dejó la habitación que tenía alquilada sobre un bar y sin más equipaje que un ejemplar de  La ciudad de los Malditos que había encontrado en un mercadillo, posiblemente el único de los libros de Martín que no había sido quemado y que había leído una docena de veces, caminó dos kilómetros hasta la estación de tren y compró el billete que le había estado esperando todos aquellos meses.  

Carlos Ruiz Zafón

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